El cuerpo vivo y herido. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el 2º domingo de Pascua

El domingo pasado, el gran día de la Resurrección del Señor, comprendimos que esta realidad (“¡surrexit vere!”) inaugura una nueva creación: es el primer día de la semana. Pero, por otro lado, y al mismo tiempo, está todavía oscuro. Es decir, vivimos en parte en el viejo mundo (por eso hay oscuridad), pero ya hemos puesto un pie en el nuevo: estamos realmente en el primer día de un mundo y una historia nuevos. Esta situación se prolonga a lo largo de toda la semana, y llega hasta hoy, “a los ocho días”: Jesús vivo, el primogénito de la nueva creación, se hace presente en la comunidad, signo y fruto de esa novedad.

La primera consecuencia de la resurrección de Cristo es la reconstrucción de la comunidad de los discípulos. Incluso las experiencias más personales de encuentro con el Resucitado incluyen siempre como algo esencial el envío “a mis hermanos”. Ese envío que convoca y reúne de nuevo se repite en cada encuentro: Jesús manda a las mujeres que vayan y comuniquen a sus hermanos (Mt 28,10), lo mismo a María Magdalena (Jn 20, 12), y los discípulos de Emaús regresan inmediatamente e Jerusalén (Lc 24, 33). Y es en esa comunidad resucitada en donde es posible ver a Jesús vivo.

El Señor resucitado llama y reúne de nuevo a los que se habían dispersado. Y esta comunidad formada el primer día de la semana es y debe ser un icono de la nueva creación. Es decir, debe ser una comunidad ideal, como la que describen hoy los Hechos de los Apóstoles. Es una comunidad ideal por dentro: constantes en la enseñanza de los Apóstoles y en la fracción del pan, unidos y con todo en común; y también por fuera: eran bien vistos por el pueblo. Pero, ¿existió alguna vez esa comunidad ideal? O, ¿no se trata más bien del ideal de la comunidad al que hay que tender, y que constituye más bien una esperanza viva, una herencia incorruptible que nos está reservada en el cielo? Porque los mismos Hechos de los Apóstoles hablan de tensiones y conflictos en ella. Por eso decimos que, sí, es una comunidad nueva, icono de la nueva creación, pero es, al mismo tiempo, una comunidad herida, como el cuerpo resucitado de Cristo.

¿Cuáles son esas heridas? Son muchas, sin duda. Basta repasar toda la historia de la Iglesia. Pero nosotros queremos fijarnos en las que hoy señala el texto evangélico que hemos proclamado: la cerrazón y el miedo. Aunque era el primer día de la semana y los discípulos se habían reunido, lo hacían con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. La cerrazón es consecuencia del miedo, y el miedo a “los judíos” es, en realidad, el miedo al mundo exterior, que no siempre ve con buenos ojos a los discípulos de Jesús, les es hostil, y los persigue y hostiga. Este miedo y la consiguiente cerrazón significan que la experiencia del Resucitado todavía no ha penetrado en el corazón de los creyentes. Y lo que sucedía entonces sigue sucediendo: la hostilidad que se ha cebado en Cristo, puede cebarse en los que lo siguen y confiesan. Se produce entonces, a veces, una huida hacia dentro, que no es sino el rechazo de la cruz. Y la cerrazón produce un espíritu sectario, que une con facilidad al miedo inicial el orgullo de sentirse los únicos elegidos y llamados a la salvación. El miedo y el orgullo provocan división, otra herida del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Esto explica que algunos, estrechamente ligados a la comunidad, incluidos los apóstoles, se alejen de la comunidad, no participen en las reuniones del primer día de la semana en la que escuchan la Palabra y la enseñanza de los Apóstoles y parten el pan eucarístico y, en consecuencia, no pueden ver al Señor, como le sucedió a Tomás.

Aunque se suele poner a Tomás como ejemplo negativo de incredulidad (vencida finalmente por la cercanía humana del mismo Señor resucitado), que pone duras condiciones para unirse a la comunidad, el suyo es también un ejemplo positivo, porque por medio de él descubrimos que la Iglesia es realmente un cuerpo herido; nos enseña, además, que no hay que negar u ocultar las heridas, pretendiendo que vivimos en una idealidad que es sólo una esperanza viva y una herencia reservada en el cielo. Como vivimos entre el viejo y el nuevo mundo, entre el amanecer del primer día de la semana y la oscuridad, entre el misterio de la Cruz y la alegría de la resurrección, anticipamos en la comunidad lo que esperamos, pero sin negar las heridas, que son nuestros pecados, limitaciones y sufrimientos (los nuestros y los de la humanidad entera), que hay que reconocer, mirar y tocar.

Este realismo es el realismo del amor, que nos hace avanzar hacia esa idealidad esperada. Y esto es posible por la presencia en la comunidad de Jesús resucitado, pero que lleva en su cuerpo las marcas de la Pasión (esas heridas que son las nuestras), para que no caigamos en alucinaciones de una falsa mística. La verdadera mística es la que sabe reconocer el rostro de Cristo en la Cruz, y tocar sus heridas en su cuerpo resucitado, del mismo modo que el verdadero amor es el que está dispuesto a dar la vida como lo hizo Jesús.

Es esa presencia real (la Palabra, pan y vino, Cuerpo y Sangre) la que cura nuestras heridas, nos hace salir de nuestra cerrazón y vencer el miedo, el que nos devuelve la alegría, nos da su paz, nos insufla su Espíritu y nos envía al mundo. Y, aunque seguimos siendo pecadores, somos pecadores perdonados, que llevan el mensaje de la misericordia, el perdón y la vida nueva sin miedo y adonde quiera que vayan.