La nueva creación (que florece en la vieja). Homilía del padre José María Vegas, C.M.F., para el domingo de Pascua

María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando estaba todavía oscuro. En la oscuridad de
la noche, una mujer, movida por el amor y oprimida por el dolor, va al lugar de los muertos. En
ella podemos descubrir esa sensación amarga, que con tanta frecuencia nos embarga, de que, una
vez más, el mal triunfa, la injusticia se impone, el inocente es aplastado y aniquilado. Y, además,
ese triunfo del mal lo han propiciado los que deberían garantizar la justica, el orden, el bien. Junto
al piadoso gesto de María Magdalena, tenemos la tentación de bajar los brazos, desesperar, dejar
de luchar, porque, según nos parece, este mundo viejo, comido por el pecado, no tiene remedio.
Es más, esta sensación se agudiza por la evidencia de que, al parecer, ni Dios ha conseguido
cambiar el rumbo de la historia: su propio Hijo, enviado a anunciar el perdón, la paz y el amor de
Dios, su Padre, ha sucumbido finalmente ante las fuerzas del mal.
Pero no nos dejemos llevar por el pesimismo, ni nos cerremos a las sorpresas de Dios. María
Magdalena fue al sepulcro, sí, cuanto estaba todavía oscuro, pero lo hizo “el primer día de la
semana”. No es una fecha del calendario. Dios creó el mundo (simbólicamente) en una semana. Y
ahora empieza una nueva semana. Dios, que respeta nuestra libertad y la autonomía que nos ha
dado para actuar en el mundo, deja que este siga su curso, pero ha decidido realizar una nueva
creación, inaugurar una nueva historia, para que los que quieran unirse a ella, lo hagan. Tras mucho
tiempo de llamarnos por vías naturales (la conciencia) y sobrenaturales (la revelación, la Ley y los
Profetas), finalmente ha dado el paso de iniciar una nueva semana, crear un mundo nuevo, abrir
una historia superior.
Sin embargo, no lo ha hecho abandonando este viejo mundo y llevándose a “los suyos” a otro
planeta. No. La nueva creación florece en este mismo mundo que ha querido librarse del Hijo
colgándolo en la Cruz, justo allí donde pareció vencer definitivamente el mal, matando a Aquel
por el que se hicieron todas las cosas (Jn 1, 3), en el sepulcro al que se dirige María Magdalena
cuando estaba todavía oscuro, pero cuando ya ha empezado a amanecer: han quitado la losa, el
sepulcro está vacío. María todavía no lo entiende y cree que se trata de un robo (el viejo mundo
que sigue actuando), pero hace de apóstol de los apóstoles, que, avisados por ella, corren también
al sepulcro. El texto que hemos leído repite cuatro veces el verbo “ver”. Pero son verbos distintos.
Primero, María Magdalena “ve” (blepei, βλέπει, verbo βλέπω) al llegar al sepulcro (igual que el
discípulo amado) como vemos habitualmente, como una mera constatación de hechos. Pedro,
entrando en el sepulcro, “ve” (theorei, θεωρεῖ, verbo θεωρέω), con un ver reflexivo, que busca una
explicación. Finalmente, el discípulo amado, también entra y “ve” y cree, porque ve (eiden, εἶδεν,
verbo ὅραω) penetrando en el hecho y alcanzando la fe: ve en los signos de muerte, los signos de
la victoria, el viejo mundo ha cedido ante la nueva creación: ¡Cristo ha resucitado! Y es esa misma
progresión desde el ver habitual, pasando por el ver expectante, el que permite ver y entrar en el
mundo nuevo de la resurrección, que es posible solo por la fe.
Es esencial entender que precisamente en esta historia oscura de la humanidad se ha inaugurado
la nueva creación, que no emigra a otro mundo, ni nos evade de este. Lo dice con claridad Pedro
en su primera predicación pascual: “la cosa empezó en Galilea”, en este espacio y tiempo nuestro.
Y esto es así, porque, aunque, como hemos dicho, Dios respeta nuestra libertad y nos deja seguir
a lo nuestro, nos ofrece la posibilidad de pasar de este mundo viejo a la nueva creación, si
queremos.
De hecho, queremos, aunque muchas veces de modos erráticos. En este viejo mundo que nos
oprime y nos hastía, sentimos la aspiración a otro mundo, en el que rijan de verdad valores distintos
de los que parecen mover este. De hecho, la humanidad siempre aspira a ello, y esta aspiración
late en las múltiples propuestas y utopías, que sueñan por vías distintas en un mundo en justicia,
fraternidad, igualdad, paz y armonía. El problema es que la oscuridad en que vivimos ofusca
nuestra mirada, y nos hace creer que para realizar esos sueños hay que empezar por eliminar a los
que se oponen a ellos, con lo que se reedita la furia, la lucha y el rechazo que nos sumen en una
oscuridad mayor. La carta a los Colosenses hoy nos aconseja buscar esos valores en Cristo, que ha
muerto a este viejo mundo, y ha inaugurado la nueva creación. Y ¿cómo encontrarlo, y con él la
puerta de entrada en el mundo nuevo? Son los testigos de la primera hora, seguidos de una legión
de otros testigos, los que nos avisan y nos marcan el camino. Son los que han “comido y bebido
con él”. Para participar de esta historia superior e insertarnos en ella, tenemos que acudir a comer
y beber con él. Tenemos que aceptar la invitación a sentarnos a su mesa, en el banquete eucarístico
que se celebra cada primer día de la semana (y cada día) en este mismo mundo viejo y caduco.
Esta es, junto con el bautismo, la puerta de entrada a la nueva creación, cuando está todavía oscuro,
a pesar de la oscuridad, en medio de ella. Participando en ese banquete empezamos a ver con esa
visión iluminada por la fe, que descubre en el sepulcro y los sudarios signos de vida, y que, además,
como a María Magdalena, a Pedro y al discípulo amado, nos convierte en testigos de la
Resurrección.