Conmemoramos la triunfante entrada de Jesús en Jerusalén. Pero la Iglesia no se para en ese triunfo efímero (como todos los triunfos humanos), sino que nos lleva directamente a la lectura del Pasión, que es donde realmente nos habla Dios.
Dios habla por medio de Jesús una palabra de aliento al abatido. Dios escucha y oye los gritos de angustia y dolor. Pero Dios en Jesús no habla sólo con palabras, sino con hechos, haciendo suyo nuestro abatimiento, tomando sobre sí nuestros dolores. Para ello, Jesús se ha despojado de su rango, ha tomado nuestra condición de esclavos (por el pecado) y se ha entregado finalmente a la muerte y una muerte de cruz.
Este año contemplamos esta entrega leyendo el Evangelio de Mateo. En el relato de la Pasión vemos con claridad que Jesús, al encarnarse, se ha inmerso en la realidad de este mundo, y se ha dejado rodear de todas las formas posibles de mal. Porque su Él se ha entregado libremente a la muerte, también es verdad que los seres humanos han actuado para darle muerte. ¿Quiénes han sido? ¿Creemos, acaso, que nosotros, como meros espectadores, podemos quedarnos al margen? En realidad, muchos, cercanos y lejanos, han contribuido para darle muerte. Algunos, es verdad, la querían abiertamente. Ahí vemos el rostro del mal querido, que se sirve de la traición, la mentira, del engaño y el falso testimonio, el soborno, la violencia… Que no solo busca destruir al otro, sino que lo humilla y lo desprecia. No deja de sorprender que entre estos que buscan la muerte del inocente se encuentra también uno del círculo más cercano, Judas, que se sirve del gesto de amistad y amor, el beso, para consumar su traición. Junto a los promotores activos de la muerte, están los tibios, los que no ven motivo para esta injusticia, pero por temor o por cálculo, la consienten. Ahí está Pilato, lavándose unas manos que, sin embargo, están ya manchadas de sangre. Pero también están los cercanos, los que no quieren que esto suceda, pero que, a su manera, contribuyen a ello. Es verdad que son capaces de dudar de sí mismos (y, por eso preguntan “¿seré yo maestro”?), pero, por el otro lado, protestan que están dispuestos a ser fieles hasta la muere. Pero su debilidad ya se revela en el huerto de los Olivos, donde no son capaces de velar con Jesús en la hora de la angustia; y cuando, presos del miedo, lo abandonan y huyen, y, como Pedro, acaba negándolo.
Podemos y debemos mirarnos en todos estos personajes, porque no somos ajenos al mal del mundo que lleva a Jesús a la muerte: a veces nos dejamos llevar por el odio o la inquina, y somos actores activos del mal. A veces somos tibios, indiferentes, nos lavamos las manos y dejamos que el mal tenga lugar, sin que hagamos nada por impedirlo. Otras, como los discípulos, somos presas del miedo, nos escondemos, no solo no confesamos, sino que incluso podemos llegar a negar a Jesús.
Pero hay otros personajes, no tan fáciles de encuadrar: Barrabás, Simón el Cireneo…
Barrabás aparece como por casualidad, usado por Pilato como un débil intento de salvar a Jesús, pues se ve que proponía una alternativa en extremo negativa: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás, o al rey de los judíos?” ¿Por qué esta alternativa? ¿Quién era realmente Barrabás?
Según manuscritos anteriores al siglo III y el testimonio de Orígenes, el evangelio de Mateo habría llamado a Barrabás Iesous ho Barrabbas, es decir, “Jesús hijo de (o del) padre”. El nombre Jesús habría sido posteriormente purgado de los manuscritos neotestamentarios. El sobrenombre “Bar Abba”, hijo de(l) padre puede significar que se desconocía quién era su padre, pues la costumbre judía era mencionar la expresión “hijo de” a modo de apellido. Por ejemplo, Jesús (Mt 16, 17) llama a Pedro “Simón bar Iona” (Simón hijo de Juan).
Juan (18, 40) indica lacónicamente que Barrabás era un bandido. Marcos y Lucas señalan que era un sedicioso y que en una revuelta había cometido un asesinato (Mc 15, 7; Lc 23, 19). Mateo sólo dice que era un preso famoso (Mt 27, 16).
El paralelismo entre los dos personajes no es casual. Los une un nombre común, Jesús, bastante frecuente en la época, que bien podemos interpretar como índice de su común humanidad. Y también están unidos por un sobrenombre, “hijo de(l) padre”, aunque aquí los sentidos en uno y en el otro son diametralmente opuestos. Barrabás, al parecer, no conoce a su padre, mientras que Jesús se declara hijo amado de su Padre, Dios. El primer Jesús representa el rechazo del padre, la búsqueda de salvación por la vía de la autoafirmación, la rebelión y la violencia, hasta llegar al asesinato, la negación radical del otro. Jesús de Nazaret representa la sumisión a la voluntad de Dios Padre y la oferta de salvación por la vía del amor, el servicio, la renuncia de sí y la entrega de la propia vida.
Pilato nos plantea hoy a cada uno de nosotros esta alternativa: elegir a Barrabás o a Jesús. No es una elección fácil, pues no es una cuestión de preferencias externas. Nos va en ello la vida. Bien pudiera ser que, meditando detenidamente sobre mis decisiones vitales, sobre los valores que rigen mi vida en el día a día, sobre mis relaciones con amigos y enemigos… acabe descubriendo que, pese a mi fe en Cristo, en ocasiones prefiero a Barrabás y, casi sin darme cuenta, estoy gritando su liberación (y la crucifixión de Cristo).
En esta elección nos ayuda Simón Cireneo, otro “que pasaba por allí”, pero que ayudó a Jesús a cargar con la cruz. Él y también esos otros personajes que iluminan toda la escena reflejando la luz que emana de Cristo: las mujeres que no abandonaron a Jesús y lo siguieron hasta el Gólgota, José de Arimatea, que tuvo el coraje de asumir el riesgo de pedir el cuerpo de un crucificado, y también el centurión que, según Mateo, aterrorizado, confesó que Jesús es el Hijo de Dios.
Hoy, sintiendo nuestros miedos y debilidades, como los de Pedro y los demás discípulos, y sin confiar demasiado en nuestras propias fuerzas, estamos llamados a escuchar la desafiante pregunta de Pilato: ¿a quién queréis que os suelte? ¿A quién, realmente, prefiero? ¿Por quién me decido? Respondiendo a la pregunta estoy eligiendo un estilo de vida, unos valores, un camino vital: el camino del egoísmo, la violencia, la negación del otro, hasta darle muerte; o el camino de la entrega generosa, el servicio, el perdón, la acogida, el amor que se entrega hasta dar la vida. Es, en definitiva, la elección entre una vida que lleva a la muerte, o una muerte en cruz que lleva a la vida.