Para salir del sepulcro. Homilía del padre José María Vegas, C.M.F., para el quinto domingo de Cuaresma

“Os haré salir de vuestros sepulcros”, dice Dios por boca de Ezequiel. Jesús grita “Lázaro, ¡sal del sepulcro!” ¿Es que acaso se puede salir del sepulcro? Vivimos la muerte como lo irremediable, y también como lo definitivo, porque los que se han ido ya no van a volver, y porque sabemos que nosotros también tendremos que bajar al sepulcro. Nuestra vida y todo nuestro mundo está tocado por una caducidad inevitable que conduce a la muerte. Es lo que Pablo llama “vivir sujeto a la carne”. Pero el ser humano, según algunos por una broma del destino o un incomprensible mecanismo biológico, piensa esa caducidad, entiende esos límites, y desea superarlos. Esto no es otra cosa que el espíritu, nuestra naturaleza racional y nuestra voluntad libre, por las que nos elevamos por encima de estas condiciones “carnales” del espacio y el tiempo, las pensamos y deseamos superarlas. Pero ese pensamiento y ese deseo no son suficientes: por más que nos esforcemos, por mucho que progresemos, estamos atrapados por las redes de la carne, y no podemos superar por nosotros mismos el límite supremo de la muerte. La inmortalidad parece ser un sueño de imposible cumplimiento.

Por eso, cualquier propuesta de liberación o salvación que el ser humano se proponga tiene que mirar cara a cara el supremo desafío de la muerte. No vale con retrasar su venida inevitable, ni consolarse con el recuerdo de una posteridad, que nunca dejará de ser efímero y que poco le importa ya al que se ha ido.

La gran novedad del cristianismo no está en que Dios nos rescate de la muerte mediante una inmortalidad del alma que no se sabe muy bien en qué consiste (tal vez un sueño), sino en que el mismo Señor y creador de la vida ha asumido la condición de nuestra carne (la caducidad del espacio y el tiempo) y no ha evitado la confrontación con la muerte: la ha asumido en su propia carne, con ella ha atravesado ese muro para nosotros infranqueable, para arrebatarle su poder. No nos promete esquivar la muerte, nos invita a afrontarla con toda su crudeza, para que nuestro espíritu, unido al suyo, atraviese el límite y supere la muerte, que primero nos ha mostrado su terrible rostro.

El pasaje evangélico de hoy refleja con un dramático realismo todas las circunstancias que acompañan a la muerte. Betania, “casa de aflicción”, simboliza nuestro mundo, en el que reina la muerte. La lejanía de Jesús, la demora en acudir al encuentro de los que le llaman angustiados, nos recuerda ese silencio de Dios, que sentimos tantas veces, cuando nos parece que hace caso omiso a nuestras súplicas. El encuentro de Jesús con las hermanas de Lázaro es también una situación meridiana de duelo: dolor, reproche por no haber acudido a tiempo (cuántas veces, cuando muere un ser querido, le reprochamos a Dios su ausencia, y nos reprochamos tantas cosas que ahora parecen no tener remedio), también la esperanza iluminada por la fe. Es verdad que esa esperanza no nos ahorra las lágrimas del dolor, y que el mismo Jesús derrama abiertamente. El paso final de abrir el sepulcro, pese al mal olor, es una invitación a mirar cara a cara el rostro feo de la muerte, para desafiarla con la seguridad de que, incluso aquí, Dios ayuda, que es lo que significa el nombre Lázaro (El-ezer o El-yaazor).

Es claro que el caso de Lázaro no es una resurrección en sentido estricto, sino un retorno a la vida mortal. Dios ayuda de modo radical y definitivo con la verdadera resurrección, que es un pasar del todo por el trance de la muerte hasta una nueva dimensión, en la que el pecado y la caducidad de la carne ya no tiene poder sobre el hombre, cuerpo y espíritu. Y esto lo ha hecho por todos nosotros Jesús, que, al asumir nuestra carne mortal, ha cargado sobre sí con el peso del pecado y el trance amargo de la muerte, y así ha hecho presente el amor del mismo Dios en lo que parecía ser su definitiva negación.

Como todos vivimos en este reino de la muerte que es vivir entregados a las obras de la carne, y afectados por su caducidad, todos vivimos en Betania, casa de aflicción. Pero a Betania ha venido a visitarnos Jesús. Y todos podemos identificarnos con Lázaro, porque a todos nos ofrece Jesús la ayuda de Dios para salir del sepulcro de una vida limitada, oscura y maloliente, y renacer a una vida resucitada, entregada a las obras de la justicia y el amor, animada por el Espíritu de Jesús que habita en nosotros.

Betania dista poco de Jerusalén, unos quince estadios (poco menos de tres kilómetros). Si Jesús ha venido a visitarnos al lugar en el que vivimos y morimos, recorramos también nosotros esa distancia y vayamos a Jerusalén, para acompañar a Jesús en su misterio pascual de muerte y resurrección, con la seguridad de que el que ha entregado su vida en la cruz por todos nosotros vivificará también nuestros cuerpos mortales.