Caminar como hijos de la luz. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el cuarto domingo de Cuaresma

En los Evangelios casi siempre son los enfermos y necesitados los que se dirigen a Jesús pidiendo su
curación. Pero no siempre, hoy, por ejemplo. Es Jesús el que ve a uno que no puede ver, a un ciego
de nacimiento. Y esto le da ocasión para corregir, como hace tantas veces, nuestra deformada imagen
de Dios. También sus discípulos muestran esa mentalidad, de entonces y de siempre, por la que la
enfermedad es vista como consecuencia de algún pecado propio o ajeno, es decir, como castigo
enviado por Dios. Jesús enseña que los males que padecemos, incluso si a veces pueden ser
consecuencia de pecados propios o ajenos (como el drogadicto que culpablemente destruye su vida,
o el que, sin culpa, sufre por la injusticia de otros), no proceden en modo alguno de Dios. Dios
reacciona al mal con el bien. Y la misma presencia de Jesús entre nosotros es la suprema prueba de
ello: la encarnación del Hijo de Dios es la respuesta salvadora y benéfica al pecado del hombre y del
mundo. Por eso, Jesús responde a la pregunta de sus discípulos que los males y sufrimientos que nos
salen al encuentro no proceden de castigos divinos, sino que deben convertirse en ocasiones para
hacer el bien. De este modo tan concreto muestra Jesús lo que Dios le inspira a Samuel: “Dios no ve
como los hombres, que ven la apariencia. El Señor ve el corazón”. Y ve, además, con el corazón, es
decir, con misericordia, con ese amor que brota del corazón ante la miseria ajena.
Así pues, Jesús ve al ciego, ve en él la ocasión para manifestar la obra de Dios y, además de devolverle
la vista, nos da a todos la posibilidad de superar nuestra ceguera, que ve solo las apariencias y,
recibiendo la luz que viene de lo alto, abrir los ojos para mirar el mundo con los ojos de Dios.
En las idas y venidas que se generan a raíz de la curación, se ve que la ceguera espiritual es mucho
más grave y difícil de curar que la física. Para curar aquella se requiere buena voluntad, apertura de
espíritu y valor para afrontar los prejuicios y las amenazas del entorno.
El ciego es un ejemplo positivo de ese proceso difícil de fe, que reconoce lo extraordinario de la
situación, el carácter extraordinario del que le ha abierto los ojos (al menos, será un profeta), tiene el
valor de confesar lo que le parece evidente y, finalmente, confiesa a Jesús como el Cristo. El ejemplo
contrario lo representan en parte sus padres, que, presos del ambiente hostil, se pliegan por temor a
ser expulsados de la sinagoga; pero, sobre todo, los fariseos que, ciegos a la acción salvadora de Jesús,
se aferran para negarla a que ha sido realizada en sábado. Jesús, dicen, no respeta la ley del sábado,
a la que se somete incluso Yahvé, que descansó el séptimo día. Pero, ¿qué es el “Sabbat”? Es el día
de descanso, el día de comunión con Dios, el día de la esperada plenitud de la salvación. Y el
legalismo fariseo les ciega para ver que esa plenitud se ha hecho presente en Jesús y en las obras que
realiza. Jesús no solo no infringe el sábado, sino que lo anticipa, al hacer cercano el Reino de Dios.
En Él se realiza el juicio de Dios, que depende de la fe en Cristo: esa fe es la luz que cura nuestras
cegueras, o nos deja en la oscuridad si no lo aceptamos como Mesías.
Nosotros, creyentes en Cristo Jesús hemos dejado las tinieblas al recibir la luz de la fe. Pero no es
esta una luz meramente teórica, que nos hace solo comprender, ni tampoco es una luz pequeña y
privada (una linterna espiritual), que podemos esconder debajo del celemín (Mt 5, 15). Es una luz
para caminar, como dice la carta a los Efesios, que debe dar en nosotros frutos de bondad, justicia y
verdad, además de darnos el valor para denunciar las obras estériles de las tinieblas, las que proceden
de una visión que se fija solo en las apariencias. Por eso, es una luz que también muestra a otros el
camino que es Cristo: nos convierte en luz –“sois luz en el Señor”– por medio del testimonio (de
palabra y de obra) de nuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado, que nos dice y nos hace decir:
“Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz”.