Sed de agua viva, sed de amor. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el tercer domingo de Cuaresma

Todos estamos sedientos. Todos tenemos sed de algo. Los que hay tienen sed física de agua, porque carecen de lo más elemental y para ellos es urgente saciar esa sed primera, que lo es de agua, de pan, de vestido, de medicinas, de todo aquello que nos garantiza al menos la supervivencia física. Así lo vemos en el pueblo amotinado en el desierto, sin agua, extenuados, llenos de una ira provocada por el temor de la muerte próxima.

Otros, satisfechos de estas necesidades básicas, sienten sed de otras aguas. Siempre sentimos más aquello de lo que carecemos que lo que ya tenemos. Puede ser sed de reconocimiento y éxito social, puede ser la noble sed de conocimiento. Los hay que sienten sobre todo sed de riquezas (mostrando así lo pobres que son), o también de poder (porque son internamente débiles). Hay personas, y parece que cada vez más, que sufren soledad y tienen sed de amistad, de compañía y cercanía humana.

En conclusión, todos tenemos sed. La cuestión es saber si el objeto al que se dirige nuestro deseo, nuestra sed, puede realmente satisfacernos. Porque, posiblemente, hay formas de sed que enmascaran otras más profundas, y de las que no somos conscientes. Todas, naturalmente, tienen su razón de ser, desde la sed física, hasta la de conocimiento, pasando por la de bienestar, riqueza y poder. Pero muchas de ellas se revelan insuficientes y frustrantes si no apuntan a formas de sed más profundas, que buscan un agua que puede satisfacernos radicalmente.

Esta sed fundamental, que se refleja en todas las otras, es la sed de amor. La sed es carencia, y todos buscamos “ser”, y serlo en plenitud. Y esto solo puede darlo el amor. Al niño recién nacido (que todos conservamos dentro) lo que le alimenta, le da vida, la hace crecer como persona, hasta llegar a ser autónomo y responsable, es el amor que recibe a través del alimento, el vestido, el calor… Pues todas estas cosas, si no van acompañadas de un amor desinteresado, que lo ama por ser él, simplemente, no cumplen su efecto humanizador. Todos tenemos sed de amor, y todos tenemos déficit del mismo, porque por el pecado nos cerramos a la fuente del amor, y buscamos apagar nuestra sed por caminos equivocados. Y, así como Moisés dio de beber en abundancia a Israel en el desierto, así Dios nos ofrece saciar esa sed fundamental con un derroche de amor: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. También nosotros estamos en el desierto. Y la roca de la que ha manado esa cascada de agua viva es Cristo, el único capaz de saciar esa sed profunda que nos atormenta

El encuentro de Jesús con la samaritana ilustra perfectamente nuestras erráticas búsqueda de agua y la respuesta que Dios nos da en Jesús. Lo notable es que él mismo ha querido sufrir nuestra sed, nuestras carencias. Lo expresa pidiendo primero agua, para, a continuación, dar. La sed de la samaritana tenía múltiples formas. La primera, la física. Y en esa clave entiende las palabras de Jesús sobre el agua viva. A veces es así: la aparente sed religiosa esconde intereses más pedestres, que son aquellos con los que nos dirigimos a Dios. La sed de comunicación estaba en ella coartada por los prejuicios religiosos (y posiblemente, más que de los samaritanos, los de los judíos, “que no se tratan con los samaritanos”). Pero el agua viva que ofrece Jesús no conoce fronteras, igual que no es posible distinguir la sed física por el color de la piel, la ideología o la confesión religiosa: a todos los tortura por igual.

De las necesidades físicas Jesús lleva a la mujer a otra más esenciales, cuando le pregunta por su marido. Se ve que la pobre mujer había buscado con desesperación y sin mucho éxito el amor humano. Pero ella misma trata de esquivar esta dolorosa cuestión, planteando temas teológicos: la cuestión del lugar donde adorar. También tenía sed de conocimiento. Jesús no desprecia el tema (“la salvación viene por los judíos”), pero lo lleva más allá de la teoría al plano existencial: “adorar en espíritu y en verdad”. Y ahí la mujer reconoce por fin su sed más profunda, que revela una gran insatisfacción, pero también un gran deseo, una gran esperanza. Y la esperanza verdadera no defrauda: ese judío sediento es el Cristo, el que nos lo dirá todo.

Este diálogo ilustra maravillosamente el proceso de fe, y el encuentro con Cristo provoca que el agua viva que es él, se convierta en el que cree en un surtidor que salta hasta la vida eterna. Dejando el cántaro de su existencia limitada y cerrada, la mujer lleva esa corriente viva a sus paisanos.

Todos estamos llamados a realizar este encuentro, todos debemos comunicarlo a los demás, para que también ellos puedan encontrarse con Jesús y puedan saber por sí mismos que él es el Salvador del mundo, el que en la cruz dijo “tengo sed” y, muriendo por nosotros, sacia nuestra sed de amor.