La escucha de la Palabra, luz para el camino. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el 2º domingo de Cuaresma

La Cuaresma es realmente camino. Jesús mismo se encuentra en permanente movimiento. Después
de adentrarse solo en el desierto, para enfrentarse con el diablo que le tienta, sube a la montaña, esta
vez acompañado por tres de sus discípulos, para encontrarse con su Padre y mostrarles que Él es
realmente el Hijo de Dios. En la tentación sentimos nuestra propia soledad, porque el misterio del
mal, el diablo, nos aísla, nos extraña de los demás, porque trata de extrañarnos de Dios. En la
experiencia de Dios, en cambio, por muy personal que sea, se genera comunidad, se fortalecen los
vínculos, se produce la comunicación en profundidad.
Si la vida de Jesús es camino, también debe serlo la nuestra. De hecho, el inicio de la historia de la
salvación consiste en una llamada a ponerse en camino, a salir de sí, a abandonar las propias raíces.
En Abraham comprendemos que la experiencia religiosa, especialmente a la que nos llama el Dios de
la revelación bíblica, está lejos de ser una búsqueda de seguridades, una huida o un refugio contra la
intemperie. Al contrario, Dios se manifiesta desafiando, llamando a abrirse y enfrentarse a lo nuevo
y desconocido, porque en esa llamada todavía no está del todo claro hacia dónde dirigirse (a la tierra
que te mostraré). La fe es confianza (en el que llama), pero también capacidad de riesgo. De hecho,
solo el que confía es capaz de arriesgar.
El camino a veces nos conduce al desierto, que nos pone a prueba, nos tienta, revela nuestra debilidad.
A veces, como hoy, nos hace subir a la montaña. También esto es duro y difícil, pero compensa porque
solo desde arriba es posible descubrir vistas y paisajes, de los que desde el valle no es posible disfrutar.
También es así en la vida de fe. Por eso, los maestros de la vida espiritual comparan la experiencia de
Dios con la subida a un monte, como de manera incomparable hizo san Juan de la Cruz y su “Subida
al Monte Carmelo”. De nuevo descubrimos que esta vida, lejos de ser un movimiento de huida o de
pasividad (una especie de infantilismo perpetuo), exige esfuerzo y constancia, voluntad y
perseverancia. Es dado pensar que si muchos abandonan después de un tiempo las prácticas de la vida
espiritual, si dejan de rezar (como les enseñaron en la infancia), o de participar en la Eucaristía
dominical, no es porque “maduren” a abandonen “cosas de niños”, sino porque, al contrario,
renuncian a madurar precisamente en esta área esencial de la vida, la de la relación con Dios, porque
no ven frutos y resultados inmediatos, carecen de confianza, fortaleza y perseverancia para seguir
ascendiendo por este duro y exigente camino, para, en algún momento, alcanzar la cima y ver la luz.
Esos abandonos se producen, tal vez, porque no se cae en la cuenta de que es Jesús mismo el que nos
invita a subir y abre el camino. Y es que, si los maestros de espiritualidad han visto en este camino
una subida al monte, tanto más el Maestro por excelencia, del que aprenden todos los demás, nos ha
enseñado la necesidad de esta subida.
En la cima de Tabor Jesús nos descubre con total claridad lo que en el seguimiento cotidiano hemos
vislumbrado, tal vez con dificultad. Sí, Jesús es realmente el Hijo de Dios, es el hombre en el que
“habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9), y esa luz de la divinidad se hace
patente en este momento. Él es, realmente, aquel del que hablaron la ley y los profetas, y el que
cumple en plenitud (cf. Mt 5, 17) todas las promesas del Antiguo testamento. Que Moisés (la Ley) y
Elías (los profetas) hablen con Jesús, como en la visión del Tabor, no quiere decir otra cosa, que el
Antiguo testamento habla de Jesús y sólo de Él, y para comprenderlo debemos leerlo siempre a la luz
de Jesucristo, porque Él es la clave de interpretación de toda la revelación bíblica.
Así pues, en el camino de seguimiento de Cristo, si perseveramos con fidelidad pese a las dificultades,
también recibimos la luz. Tal vez todos nosotros podamos decir que hemos tenido tales momentos de
luz, en lo que lo hemos visto todo claro.
Pero si caminamos para ver la luz, también recibimos la luz para seguir caminando. No debemos caer
en la tentación tan comprensible (y que parece acosar a Pedro) de querer permanecer para siempre en
este estado luminoso. Y esto es así porque esta experiencia, que confirma nuestra fe, no la hacemos
solo para nosotros mismos. Ya hemos dicho que estas experiencias son por esencia comunitarias. Y
la primera comunicación es la que Dios nos hace a nosotros. La voz del Padre, que ya sonó en el
Jordán: “este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”, como una afirmación solemne de la identidad y la
misión de Jesús, ahora suena para nosotros. Por eso añade: “Escuchadlo”. En verdad, la luz
procedente de Dios que todos podemos experimentar (de nuevo, con confianza, fidelidad y
perseverancia) es la que recibimos de la escucha de la Palabra, que es la aceptación de Jesucristo, en
cuyo seguimiento continuamos caminando. Lo que Dios le dijo a Abraham, ahora Jesús nos lo dice a
nosotros: “levantaos, no temáis, poneos de nuevo en camino”.
El carácter comunitario de la experiencia se pone de manifiesto también en el carácter representativo
de los testigos: lo que han visto y oído lo han recibido no solo para sí, sino también para todos los
demás. Cada uno de nosotros tiene sus propias experiencias, sus propias luces, podríamos decir, pero
no debemos guardárnoslas para nosotros mismos. Son gracias personales que generan responsabilidad
para con los demás y deben producir comunicación generosa.
Pedro, Santiago y Juan han recibido un plus de gracia que les da un plus de obligación para con el
resto de los apóstoles y discípulos. Jesús, al decirles que no cuenten a nadie lo que han visto “hasta
que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”, de hecho, está aludiendo a otro monte
al que Él deberá subir, y al que nos invita a acompañarlo: el Gólgota, en el que entregará su vida en
la Cruz. Los momentos de luz nos tiene que ayudar a mantener la fidelidad y la perseverancia en los
momentos de oscuridad y de cruz.
Y, mientras tanto, seguimos caminando, recibiendo la luz de la palabra, poniéndola en práctica por
las obras del amor y difundiéndola, aunque sea en medio de dificultades, como se dice en la carta a
Timoteo, tomando parte en los duros trabajos del Evangelio, que a veces nos hacen adentrarnos en
el desierto, a veces subir a la montaña, y siempre seguir a Jesús a donde quiera que vaya