La tentación y la gracia. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el primer domingo de Cuaresma

Solemos tener la imagen algo ingenua de que en un hipotético mundo anterior al pecado original (el

paraíso terrenal) la vida discurría en total armonía, sin la molesta presencia de la tentación. Pero el

mismo relato de la caída original desmiente esta idea: la tentación se dio evidentemente antes del

pecado, porque el pecado es algo siempre evitable (es lo que “no debe ser”), mientras que la tentación

es consecuencia de nuestra condición al mismo tiempo limitada y libre.

El relato de la primera caída es tremendamente colorido, lleno de detalles y de una increíble

profundidad antropológica y teológica. Se dibuja en él la bondad de la creación, al ser humano

participando solidariamente de la naturaleza (arcilla de la tierra), pero con la superioridad del soplo

divino, que lo hace persona, imagen de Dios y, por tanto, libre. Que esa libertad es limitada lo indica

la presencia del árbol de la ciencia del bien y del mal en el centro del jardín junto al árbol de la vida.

No se debe entender ese primer árbol como una trampa que Dios le pone al hombre arbitrariamente

para comprobar su obediencia. En realidad, si está en el centro del jardín, significa que está en el ser

humano (que es el centro del mundo), y si es el árbol de la ciencia del bien y del mal, significa que

es la conciencia moral: el ser humano conoce naturalmente la diferencia del bien y del mal, pero no

puede arbitrariamente modificarla (que es lo que significa que no pueda comer del árbol). En efecto:

puedo, si quiero, mentir cada vez que me venga bien, pero no puedo hacerme bueno mintiendo, me

haré, en todo caso, un mentiroso. Y es que el bien y el mal vienen a ser como las “normas de

funcionamiento” de nuestro mundo, para garantizar su orden y armonía; y algunas de ellas tienen

carácter moral, porque no dicen cómo las cosas suceden de hecho (necesariamente, con necesidad

física), sino cómo deben suceder, con necesidad moral, por lo que están dirigidas a nuestra libertad.

Y es aquí donde entra la tentación, que tiene dos fuentes: la debilidad humana, la tendencia a satisfacer

nuestras necesidades inferiores contraviniendo exigencias superiores; y la soberbia, que es la

pretensión de decidir libremente lo que es bueno o malo en función de nuestros deseos subjetivos,

convirtiéndonos en unos pequeños dioses, en demiurgos de nuestros caprichos.

Si la tentación por debilidad tiene un carácter natural y surge en el proceso de formación y

perfeccionamiento de la personalidad, la que procede de la soberbia, que implica un autoengaño, tiene

carácter diabólico. Lo importante es que esta tentación no procede de Dios (cf. St 1, 13), sino de una

criatura astuta y rastrera, que ya en la Biblia se identifica con el diablo, que incita al hombre contra

Dios, acusándolo de limitarnos con sus prohibiciones, y de engañarnos para tenernos sometidos.

Así pues, la tentación no es el pecado, pues la podemos resistir, escuchando la voz de nuestra

conciencia, de nuestro árbol de la ciencia del bien y del mal, absteniéndonos de comer de sus frutos.

Pero es un hecho que todos cedemos en ocasiones a la tentación y pecamos. Parece un destino

universal y, por eso, la Biblia sitúa esa caída ya en los primeros padres, como quiera que esto se

entienda. Si infringimos el orden racional establecido por Dios, dañamos también el árbol de la vida,

y esto conduce a la muerte. En el caso de Adán y Eva el pecado les abrió los ojos, pero no para

descubrir que eran dioses, sino que estaban desnudos, que eran poco más que animales, herida su

dignidad de imágenes de Dios.

Pero la reacción de Dios no es castigar, por ejemplo, con la muerte. Esta última la provoca el mismo

ser humano al alejarse voluntariamente de la fuente de la vida. La reacción de Dios es, como recuerda

Pablo, la sobreabundancia de gracia, de perdón y de vida. Y esa reacción es Jesucristo.

Cristo, como hombre verdadero, también está sometido a la tentación. Y también sobre él actúa,

además de la debilidad (el hambre), el tentador diabólico. Lo tienta, como siembre, con palabras

amables, halagadoras (“si eres Hijo de Dios…”), incluso inspiradas en la Biblia. Y dirige su tentación

a las tres relaciones fundamentales de todo ser humano: 1) la relación consigo mismo, incitando a

aprovecharse, a darse buena vida, a servirse del propio poder, en vez de usarlo para servir a los demás.

2) La relación con los demás: invitando a manipularlos, provocando la admiración y hacerse el centro

de atención, convenciendo con milagros, convertidos en circo (imaginémonos la sensación de tirarse

desde el alero del templo, cuando todo el pueblo está reunido), en vez de pedir la fe para poder realizar

signos de salvación. 3) La relación con Dios: no reconociendo al único Señor y Padre, e inclinándose

ante otros dioses, que no lo son, pero pretenden serlo. Ahora entendemos que ese “seréis como

dioses”, significa, en realidad, “yo seré vuestro dios”, ante el que debemos inclinarnos.

Pero Jesús vence la tentación, no aprovechándose, sino sirviendo; no montando el espectáculo, sino

llamando a la fe en su poder salvador; no inclinándose más que ante Dios, rechazando conseguir el

bien (ganar todos los reinos de este mundo para el Reino de Dios) por medio del mal.

Somos débiles y, además, a veces,somos engreídos y soberbios. De ahí las tentaciones que padecemos

y nos hacen sufrir. Pero en Cristo, que las ha vencido, también nosotros podemos vencerlas. Y si, en

ocasiones cedemos ante ellas, siempre podemos reconocer nuestro pecado y pedir perdón, que Dios

concede con generosidad por el mismo Jesucristo. Este tiempo de Cuaresma es un tiempo

especialmente propicio para revisar nuestra vida y reconciliarnos con Dios, con los demás y con

nosotros mismos.