“Si quieres”. Homilía del p. José Mª Vegas, C.M.F., para el 6 domingo del tiempo ordinario

“Si quieres…” Esta apelación a la voluntad libre de cada uno es un desafío, en verdad, formidable.
Contra lo que se suele pensar y decir, como expresión de los prejuicios en circulación y de la
ignorancia que los produce, ni la llamada al bien que resuena naturalmente en nuestra conciencia,
ni menos aun la que nos dirige Dios en la revelación, son imposiciones que coartan nuestra libertad.
Y esto por la sencilla razón de que el bien sólo se puede realizar libremente. No se puede hacer el
bien “a la fuerza”. A la fuerza lo que más que se puede es o ponerle un coto al mal, por medio de
leyes coercitivas que amenazan con castigos, u obligar a realizar acciones en apariencia buenas
(objetivamente correctas), pero que no van acompañadas del asentimiento interior, por lo que
carecen de sentido moral, son meramente mecánicas. La “ley moral” no es lo mismo que el orden
jurídico, no está escrita en códigos penales o civiles, sino en el corazón humano. El “si quieres”
del Eclesiástico, además de la apelación a la libertad, lleva aparejada la convicción de que somos
capaces de discernir naturalmente el bien y el mal (como vemos, la revelación no solo no niega la
razón, sino que la afirma con nitidez).
Pero esta sabiduría natural está afectada negativamente por el pecado que ofusca nuestra razón y
debilita nuestra voluntad, para conocer el bien y ponerlo en práctica. Ahora bien, Dios no nos ha
abandonado a nuestra suerte. Como dice hoy Pablo con tanta claridad, existe una sabiduría
superior, divina, inaccesible por nuestras propias fuerzas, pero que Dios ha puesto a nuestro
alcance en Jesucristo, y nos ha revelado por el Espíritu Santo. Esa sabiduría es la misma mente de
Dios, su voluntad, y la fuente suprema de la que mana todo bien. Es el misterio mismo del amor,
porque Dios es amor (1 Jn 4, 8), y “el que ama ha cumplido la ley entera” (Rm 13, 8). Por eso dice
Jesús que no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a llevarlos a su plenitud.
Y es de esta sabiduría y de esta plenitud de las que nos habla hoy Jesús, desgranando en detalle la
nueva ley del Evangelio, que se condensa en las bienaventuranzas.
En esta enseñanza de la sabiduría superior y divina, la sabiduría del amor, se trata no solo de
abstenerse del mal (algo que, hasta cierto punto, puede imponerse por la fuerza, bajo la amenaza
de castigos), sino de renovar el corazón (la mente y la voluntad), que, purificados de toda semilla
de mal, incluso en sus más mínimos detalles, toma la decisión libre de hacer el bien. Jesús, por
tanto, estructura su enseñanza en tres niveles: cumplir los mandamientos (evitando los pecados
graves), remover las semillas de mal también en lo que parece no tan grave (pero puede acabar
llevando a lo que sí lo es), construir haciendo el bien “a lo grande”.
Así, parece claro que 1) no hay que matar (aunque se mata mucho, en guerras, pero también con
el aborto, y de tantas otras formas directas o indirectas); pero 2) debemos evitar también esas
pequeñas agresiones, esas pequeñas, pero a veces graves, muertes en forma de insultos,
descalificaciones, maldiciones, desprecios; para 3) buscar construir relaciones positivas,
reconciliadas, perdonando, y también pidiendo perdón. Lo mismo se puede decir de 1) no cometer
adulterio; pero para no llegar a ello 2) tenemos que purificar nuestra mirada, para no hacer del otro
(o de la otra) un mero objeto de posesión y deseo; y así 3) podremos amar con fidelidad, en el día
a día, superando dificultades, con la voluntad de permanecer unidos toda la vida, en la fortuna y
en la desgracia, en la salud y en la enfermedad. (La alusión a la excepción “en caso de impureza”
se refiere a relaciones impuras o ilegítimas, que no implican un matrimonio real.)
La nueva ley del Evangelio basada en la Palabra encarnada, también nos enseña a usar la palabra
de una manera nueva: 1) no jurar en falso, es decir, no usar la palabra para el engaño o la mentira;
pero 2) lo mejor es abstenerse de jurar en general, es decir, de usar a Dios para nuestros fines, por
más legítimos que nos parezcan, de modo que 3) seamos estrictos y escrupulosos en el respeto a
la verdad, a la que debemos servir y a la que debemos someternos, en vez de servirnos de ella o
tratar de someterla a nuestro capricho subjetivo. Es prudente ser austeros en el uso del lenguaje,
porque como decía Alonso de Ercilla “No hay cosa más difícil, bien mirado, que conocer a un
necio si es callado”, o, mejor, según la sabiduría bíblica: “en el mucho hablar no faltará pecado”
(Prov. 10, 19).
Así pues, Jesús, con su gran pedagogía, nos llama a evitar el mal, también en sus manifestaciones
más menudas, esas que nos parecen no tener importancia; y, como la mejor defensa es un ataque,
nos anima a vencer el mal en nosotros mismos y a nuestro alrededor escogiendo el bien y
sembrándolo poniéndolo en práctica también en los pequeños detalles.