Sofonías nos presenta hoy un ideal bien sencillo, nada utópico. Simplemente, un mundo (Israel) sin maldad, sin mentira, que cumple los mandamientos, es decir, que se abstiene de hacer el mal. Un mundo tal ya sería completamente distinto del nuestro. ¿Por qué no es así, si parece un ideal a la mano? No es difícil entender que es por nuestra inclinación al pecado, a la violencia, a la mentira, a la revancha… Por eso nuestro mundo está tan lejos de ese sencillo ideal de Isaías, y tanto más del ideal evangélico, representado por las bienaventuranzas.
Los valores dominantes, que se nos proponen, o que son el objeto de nuestro deseo son los ligados a la riqueza, la diversión, el goce, la saciedad… En parte es lógico, porque representan nuestras necesidades básicas. Pero, cuando se convierten en el objetivo fundamental de nuestra vida, crece en nuestro corazón el “deseo que nos dejen en paz”, esa actitud de “no hagas de tu problema mi problema”, de modo que queremos esos bienes solo para sí (y para los suyos, aunque, a veces esto mismo, con condiciones). Y todo esto provoca con facilidad que se nos ensucie la mirada por la ira, la envidia, la lujuria. En un mundo así, lleno de hostilidad, estamos inclinados a pensar que “la mejor defensa en un ataque”. Y, en conclusión, nos pasamos la vida acusándonos unos a otros, insultándonos, pasando con facilidad del estatus de víctima al de verdugo. He aquí una breve presentación de las “malaventuranzas”.
Se puede objetar, con razón, que esta descripción es exagerada, demasiado pesimista, que no todo el mundo actúa así, que hay mucha gente buena. Esto es verdad, afortunadamente, porque en el fondo de su ser, en el que habita la imagen de Dios, “todo el mundo es bueno”. Pero basta mirar a lo que sucede en el mundo de la política, con frecuencia, en la economía, en la escena internacional (por no hablar de multitud de películas y seriales, en las que “los buenos” vencen vengándose sin misericordia), para comprobar que ese estilo de vida de enfrentamiento, división y egoísmo está omnipresente, y que incluso los creyentes aplicamos con frecuencia dentro de la misma Iglesia estos esquemas de comportamiento, de una justicia estrecha e inmisericorde, cuando surge el conflicto o el desacuerdo. Y todo esto nos aleja muchísimo de ese pequeño ideal presentado por Isaías, de un mundo de humildes que cumplen los mandamientos, es decir, aman a Dios, honran a sus padres y se abstiene de hacer el mal.
En este contexto, ¿no habrá que entender las bienaventuranzas como una propuesta por completo utópica, alejada de nuestros deseos y de la realidad en que vivimos, que pediría, más bien, una modesta reforma de las costumbres, al estilo de Isaías. El problema, probablemente, es que el “ideal pequeño” de Isaías sólo es posible a condición de que seamos humildes. Y el pecado radical del ser humano es la soberbia. Sin esa reforma del corazón, cualquier propuesta fracasa.
En realidad, el ideal evangélico que Jesús nos presenta con las Bienaventuranzas, no es una utopía irrealizable. Porque las Bienaventuranzas no son una lista de “lo que tenemos que hacer”, ni un “ideal imposible al que debemos tender”. Son, por el contrario, la realidad concreta de lo que Dios hace con nosotros, la Palabra encarnada que ya está entre nosotros. Es Jesús el que se ha hecho pobre por nosotros (cf. Flp 2, 7; 2 Cor 8, 9); ha llorado por y con nosotros (por Jerusalén -Lc 19, 41; por Lázaro -Jn 11, 35); ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos en la cruz; ha padecido hambre y sed (Jn 4, 7; 19,28) para que nosotros podamos saciarnos; ha ejercido con abundancia la misericordia, nos ha dado su paz (Jn 14, 27); y ha sido perseguido a causa de la justicia del Reino de Dios. Y, siendo esto así, es bienaventurado, feliz, dichoso, porque es el Hijo amado del Padre.
Y en este mundo, todo lo malo que se quiera, cada uno de nosotros puede experimentar esa misma bienaventuranza y felicidad de ser hijos de Dios, aceptando a Jesús, siguiéndolo, tratando de vivir como vivió Él. Al dar ese paso, que a muchos les parece una necedad, nos convertimos en miembros de esa comunidad de la que habla Pablo: “lo necio del mundo lo ha escogido Dios”, para adquirir una sabiduría que el mundo no puede dar, la sabiduría del amor. Nos puede parecer que esto está por encima de nuestras fuerzas: vivir siendo generosos, consolando a los que lloran, llorando con ellos (Rm 12, 15), sufriendo por aquellos a los que amamos, dispuestos a padecer necesidad y persecución antes que ceder ante la injusticia, practicando la misericordia (por ejemplo, por medio del perdón), mirando a los demás con limpieza, porque vemos en ellos la imagen de Cristo, siendo agentes de paz y no de división. Pero la fuerza que nos ayuda a vivir así no precede de nosotros, sino de la gracia que Dios nos da por la relación viva con Cristo, con el que estamos unidos por la fe y los sacramentos, al que testimoniamos por las obras del amor, y al que seguimos con la esperanza de una recompensa grande en el cielo.