Volvemos a escuchar ecos del tiempo de Navidad. El texto de la profecía de Isaías resonó en la noche de Navidad. Decíamos entonces que ver una luz en la oscuridad, por pequeña que sea, es suficiente para orientarse y poder seguir caminando. Tanto más si esa luz es grande. Pero verla no es suficiente. Hace falta, precisamente, ponerse en camino. Y a eso nos invita Jesús hoy. Lo hace, además, dándonos ejemplo. Él mismo se pone en camino. Dice Mateo que “al enterarse de que había arrestado a Juan, se retiró a Galilea”. Debemos suponer que marchó de la zona en que Juan bautizaba, en Judea, no lejos de Jericó y Jerusalén. Probablemente, el arresto de Juan implicaba un peligro para sus discípulos, y Jesús, claramente relacionado con él, marchó hacia su tierra. Pero no fue una huida. De hecho, no se refugia en su aldea de Nazaret, sino que marcha a una tierra fronteriza, aquella de la que había hablado Isaías, una zona de peligros, de conquistas y deportaciones, y desde el punto de vista de la ortodoxia judía, representada por Jerusalén, un lugar no del todo puro: “Galilea de los gentiles”, expresión de tonos despectivos, que designa una tierra de gentes y religiones diversas.
La profecía consoladora de Isaías empieza a cumplirse en plenitud con la presencia de Jesús en estas tierras de frontera, lo que da a entender el carácter abierto, fronterizo y universal del mensaje que Jesús comienza a predicar. Con la luz de su palabra (con él que es la Palabra hecha luz) empieza a disipar nuestras tinieblas, en primer lugar, exhortándonos a la conversión, al reconocimiento de nuestros pecados. Y, en segundo lugar y, sobre todo, anunciando una buena noticia: Dios se ha hecho cercano y está entre nosotros, el Reino de Dios está llegando, precisamente en la persona misma de Jesús.
El mensaje de Jesús no es una mera doctrina, por más sublime que sea, sino una relación personal que implica toda nuestra vida: es una llamada a seguirlo a Él; por eso pide una respuesta inmediata: la llamada de Dios, de Jesús, no puede dejarse para más adelante, porque es ahora cuando el Reino de Dios está llegando y es hoy cuando Jesús, la luz que brilla en la oscuridad de nuestro mundo, se ha acercado a nuestra orilla. Por eso pide que dejemos la redes, que nos desenredemos de tantas cosas que nos atan. Además, la llamada de Jesús no nos aliena de nosotros mismos, sino que, al contrario, nos da la oportunidad de llegar a ser plenamente nosotros mismos. Si somos pescadores, pescadores seguiremos siendo, pero en un nivel superior: pescadores de hombres. Así sucede con la llamada de Jesús: que no nos saca de nosotros mismos, de nuestras cualidades, capacidades, gustos, inclinaciones; sino que saca de nosotros lo mejor que podemos llegar a ser. Así, si somos artistas, nuestro arte será una alabanza a Dios; si somos ingenieros, o médicos, o profesores, o trabajadores en una fábrica, daremos a todas esas actividades un sentido nuevo de servicio y testimonio.
Por eso, respondiendo a la llamada de Jesús, cualquiera que sea nuestra vocación y estado de vida, estaremos como Jesús, anunciando la Buena Noticia e, incluso, contribuyendo a curar las enfermedades y dolencias de nuestros semejantes.
Ahora bien, esto no sucede de manera automática y de una vez y para siempre. La luz que vemos en la oscuridad nos invita a iniciar un camino, en el que seguirá habiendo oscuridad y la posibilidad de extraviarse. De un modo u otro, todos vivimos en la frontera entre dos mundos (este mundo con sus tinieblas, y el Reino de Dios con su luz). Las sombras que cubren a veces nuestra particular Galilea, tierra de Zabulón y Neftalí, pueden estar provocadas por nosotros mismos, porque, pese a haber respondido a la llamada de Jesús, podemos con facilidad desviarnos. Lo vemos con claridad en la comunidad de Corinto, en la que había problemas que, en realidad, son crónicos (también vivimos en Corinto). Las sectas, las banderías, los partidos… son cosas que vienen de lejos. Nuestra tendencia pecadora sigue presente una vez convertidos y hechos miembros de la Iglesia. Estas banderías, que indican que el espíritu de Cristo no habita plenamente en nosotros, exigen una conversión continua, un volver de nuevo a Cristo, buscando sólo en Él la luz, dejando que siga viniendo a nuestra orilla a desenredarnos de nuevo. Convertirse a Cristo y renovar nuestra voluntad de hacer del Él (y no de otras cosas, ideas, personas…) el centro de nuestra vida, significa convertirse a la voluntad de amar, a la búsqueda de acuerdo y a superar la división. Cristo es el que nos envía, a unos a evangelizar, a otros a bautizar, a cada uno a amar y servir de acuerdo con su personal vocación, de modo que la diversidad conduzca a la unidad. Pero esto no sucede de modo espontáneo, pues nuestros automatismos tienden más bien a la división, sino de modo consciente y buscado, lo que supone esfuerzo, generosidad, apertura y renuncias.
Los primeros discípulos Simón y Andrés, Santiago y Juan, estaban lejos de ser perfectos, pero respondieron inmediatamente. Así debemos responder nosotros, con prontitud, a las repetidas llamadas del Maestro a desenredarnos, para que como suena la llamada paulina de este séptimo domingo de la Palabra de Dios que celebramos hoy: “La palabra de Cristo habite en vosotros” (Col 3, 16).