El don profético. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el 2 domingo del tiempo ordinario

La semana pasada vimos a Jesús acercándose a ser bautizado por Juan.  Lo hizo como un siervo y no como un rey poderoso. Esto lo hace cercano y solidario con nosotros, porque, pese a no tener pecado, asume nuestra condición pecadora, y permite que nos acerquemos a Él sin temor. Pero también es verdad que esta humildad y cercanía puede dificultar que lo reconozcamos como Mesías. Parece más fácil reconocer como salvador al que se presenta con poder, que al que lo hace rebajándose. Por eso mismo, al comenzar este tiempo ordinario (el de la vuelta a la vida cotidiana) es importante recordar la dimensión profética de nuestra vocación cristiana. El profeta no es, sobre todo, el que adivina el futuro, sino que el que percibe la presencia de Dios en el presente, y no se deja engañar por las apariencias. Si Jesús dijo de Juan que era “un profeta, y más que un profeta” (Mt 11, 9), fue porque reconoció al Mesías prometido en el que viniendo de Nazaret se acercó a él para ser bautizado. No es el relumbrón del poder, sino la humildad del siervo donde Juan fue capaz de ver la luz de las naciones que trae la salvación. Que lo designe, además, sorprendentemente, como un cordero, el animal del sacrificio, indica ya el tipo de salvación que va a traer: no la que destruye al enemigo por la fuerza, sino la que destruye la enemistad por la entrega de la propia vida.

La figura de Juan es esencial en nuestra vida cristiana por varias razones. La primera es que todos necesitamos esa palabra profética: “este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Todos hemos tenido al menos un Juan el Bautista, que nos ha ayudado a reconocer en Jesús de Nazaret al Hijo de Dios, al Dios con nosotros. No está de más que pensemos con agradecimiento en quién ha jugado ese papel para nosotros: nuestros padres, algún amigo, un catequista, un sacerdote o una religiosa… También han podido ser un conjunto de circunstancias y de personas…

Además, en segundo lugar, todos estamos llamados a ejercitar ese ministerio profético para sí y para otros. Para otros, porque, así como alguien ha sido para nosotros Juan el Bautista y nos ha dado a conocer a Cristo, así tenemos que hacer nosotros con los demás, por medio de nuestro testimonio, de palabra y de obra. Pero hemos dicho que también para sí. ¿Por qué? Porque reconocer en Jesús de Nazaret al Mesías como mero artículo de fe puede no ser suficiente. No lo es de hecho. Puede ser una confesión de fe puramente formal, pero que no toca nuestra vida concreta. Y Jesús viene a nosotros cotidianamente (no olvidemos que este es el sentido del tiempo ordinario de la liturgia). Y ahí es donde podemos volvernos ciegos, abdicar de nuestra vocación profética, y no reconocerlo, incluso ignorarlo. Juan dice: “yo no lo conocía”. Lo mismo debemos decir nosotros, para, como él, abrirnos a la acción del Espíritu, e inspirados por él poder decir nuestro “este es el Cordero de Dios”.

No lo conocemos cuando percibimos la Palabra de Dios sólo como un texto edificante, útil para la meditación, y no como una Palabra “viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo, y penetra hasta donde se dividen el alma y el espíritu” (Hb 4, 12) que ilumina y orienta nuestra vida. O cuando vemos la Eucaristía como un mero rito litúrgico, una obligación eclesial, y no como un contacto vivo con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, además de un vínculo de inserción real en su cuerpo, que es la Iglesia. O cuando, precisamente en la Iglesia vemos sólo una sociedad prescindible o una mera estructura de poder, de modo que perdemos la relación viva con el que dijo “el que a vosotros escucha a mí me escucha” (Lc 10, 16). Tampoco somos fieles a nuestra vocación profética si ignoramos la presencia de Cristo es nuestros hermanos, unos porque nos llaman a la perfección corrigiéndonos, otros, los pequeños hermanos de Jesús, porque nos llaman a la misericordia desde su necesidad.

Como vemos, en esas palabras de Juan: “este es el cordero de Dios…” encontramos un compendio perfecto de la vida cristiana.

Pero de Juan aprendemos otro aspecto esencial para que esta vida cristiana no descarrile: es la capacidad de disminuir, de no ponerse en el centro, de ceder la centralidad a Jesús. Esto, que es esencial para todos los cristianos, es especialmente urgente para los que ejercen algún tipo de autoridad o responsabilidad en la Iglesia. Juan reconoce a Jesús e, inmediatamente, se pone detrás de Él: “tras de mí viene un hombre que está por delante de mí”. La humildad realista de Juan que nos conduce a Jesús, nos enseña que, si el mismo Jesús se ha presentado como un siervo, con tanto mayor motivo nosotros tenemos que ponernos en actitud de servicio.

Si todos hiciéramos así, estaríamos haciendo realidad ese saludo con el que Pablo saluda a la comunidad de Corinto: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros”. Amén.