Jesús, el Rey siervo. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el Bautismo del Señor.

En las Iglesias orientales, con una mentalidad más sintética, se celebra la manifestación del Hijo
de Dios en una misma fiesta, que reúne la Navidad y la Epifanía (en Rusia y en alguna otra Iglesia
ortodoxa, según el calendario juliano, el 7 de enero). La Iglesia católica (tal vez por la mentalidad
occidental, más analítica), celebra la manifestación de Jesús de manera progresiva, distinguiendo
la Navidad, la Epifanía y, finalmente, el Bautismo del Seños y su aparición pública en Caná de
Galilea (aunque diversas iglesias católicas de rito oriental también lo celebran de modo similar).
Las dos formas tienen sentido, aunque es verdad que Dios se nos ha manifestado en la historia y,
por tanto, paso a paso, en diversas etapas, cada una con sus matices. Hoy nos centramos en el
Bautismo del Señor.
Aunque se trata de la manifestación del Rey de Reyes, ante el que se han de inclinar todos los
reyes de la tierra (Sal 72,11), se presenta, en coherencia con su humilde nacimiento, no como un
rey poderoso, sino como un siervo, no imponiéndose desde arriba, exigiendo ser servido por sus
súbditos, sino, al revés, abajándose como un esclavo, en disposición de servir. Por eso, su mensaje
no aturde, no abruma con ruido y con gritos; en su modo de actuar no hace tabla rasa, eliminando
con violencia lo que considera imperfecto, malo o inútil. Y ese modo de actuar, que a muchos
puede parecer débil e ineficaz, se revela el más adecuado para reconstruir, formar, iluminar, curar
y liberar. Por eso, este siervo es el elegido, el preferido del Señor.
Pedro explica con claridad la lógica de esta paradoja de un rey que se hace siervo: “pasó haciendo
el bien”; y difícilmente se puede hacer el bien imponiéndolo a la fuerza, es decir, violentando las
conciencias de lo que se oponen, y siempre los hay, muchos o pocos que sean. En una palabra, no
se puede hacer el bien imponiéndolo con violencia, es decir, con malos métodos. Es significativo
que Pedro vincule este “pasar haciendo el bien” con la concreción del espacio (en el país de los
judíos) y del tiempo (cuando Juan predicaba en el Jordán), que es la consecuencia necesaria de la
encarnación.
Y es que Jesús se presenta en sociedad y comienza su ministerio (su paso haciendo el bien)
vinculándose al rito de purificación que Juan practicaba en el Jordán, como preparación para la
venida del Mesías. Se entiende la resistencia de Juan a bautizar a Jesús, en el que ha reconocido al
que tenía que venir. Juan comprende que su bautismo es un pálido reflejo de ese otro bautismo “en
Espíritu Santo y fuego” (Mt 3, 11) con el que él mismo pide ser bautizado. Sin embargo, Jesús
vence la resistencia de Juan con palabras misteriosas: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos
con todo lo que Dios quiere” (con toda justicia, en el original).
El hecho de que Juan “entonces se lo permitió” indica que el Bautista y Jesús están en la misma
onda en lo referente a cumplir la voluntad de Dios, en que consiste la verdadera justicia. Y, aunque
la resistencia de Juan puede significar un cierto desconocimiento de esa voluntad (del tipo de
mesianismo que va a realizar Jesús), es claro que reconoce en este último a uno que es mayor que
él, y en el que esa voluntad de Dios se revela en plenitud. Si Juan se resiste a bautizar a Jesús es
porque reconoce que éste no necesita ser purificado de ningún pecado. Si su bautizo es para los
que esperan su venida, y ya ha venido, este bautizo pierde actualidad. Pero, por otro lado, si la
voluntad de Dios es que Jesús se someta, pese a todo, a este rito de purificación, es porque de este
modo se une a su pueblo (a la humanidad) para tomar sobre sí el pecado del mundo: “probado en
todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4, 15), aunque “el que no cometió pecado, por
nosotros se hizo pecado, para que en él nosotros fuéramos hechos justicia de Dios” (2Cor 5, 21).
Y Juan, que pedía ser bautizado por Jesús, verá cumplido su deseo, aunque no inmediatamente; de
ahí tal vez también las palabras, “déjalo ahora”: ahora bautízame tú a mí, que tú serás bautizado
también en Espíritu Santo y fuego en testimonio de esa misma justicia que es la voluntad de Dios,
y que ahora debemos cumplir de esta otra manera.
Jesús no se manifiesta al mundo en Jerusalén, en el templo, o en los grandes centros de poder
religiosos o políticos, sino en el desierto, postrado ante un profeta y unido a un pueblo penitente,
no como un rey poderoso, sino como un humilde y pacífico siervo, que carga con los pecados de
la humanidad y nos habla con palabras que no amenazan ni asustan, sino que se pueden entender.
Y precisamente por eso Dios lo acepta y reconoce como su Hijo querido, su predilecto, porque se
hace parecido al Padre, y puede realizar su misión de promover el derecho, ser luz de las naciones,
curarnos de nuestras cegueras, darnos la verdadera libertad: pasar haciendo el bien.
Nosotros, que contemplamos la escena como parte de ese pueblo penitente en busca de
purificación, tenemos que afinar el oído, como Juan, para sintonizar con esa voz que no grita, con
esa palabra que no apaga la mecha humeante, ni quiebra la caña cascada, sino que restablece y da
vida; necesitamos purificarnos, examinarnos, reconocer que no todo está bien en nuestra vida, que
necesitamos la salvación que nos trae Jesús y para la que nos prepara Juan.
Si nuestro rey y Señor se presenta como un siervo dispuesto a dar su vida, también nosotros, que
hemos sido bautizados con Espíritu Santo y fuego, debemos tratar de encarnar en nuestro modo de
vida ese mismo espíritu de servicio, para que también de nosotros se pueda decir –puesto que
somos discípulos de Jesús– que hemos pasado por este mundo haciendo el bien