El don de la sabiduría. Homilía del padre José Mª Vegas, C.M.F., para el segundo domingo después de Navidad

Existe una sabiduría humana fruto del esfuerzo, de la indagación y del estudio. Se trata de una
acumulación de conocimiento que, normalmente, se refiere sólo a uno de los muchos posibles
saberes. Si han existido sabios universales, podemos estar de acuerdo en que sus conocimientos
eran bastantes limitados, y que la vastedad y complejidad de nuestros saberes nos condena hoy a
la especialización. Pero existe otro género de sabiduría, que no es fruto del esfuerzo, sino que es
un don. Más que por la amplitud de los conocimientos, se distingue por su profundidad, y más que
por la erudición, se caracteriza por su capacidad de “saborear” lo que se conoce. La sabiduría que
ensalza el Eclesiástico es de este tipo: es la revelación que Dios hace de sí mismo a Israel o, mejor
dicho, por medio de Israel a la humanidad. Se trata de una sabiduría de la vida, que va al centro de
su sentido, y que es más necesaria que todos los saberes sectoriales, y que debe estar presente en
todos ellos.
Esta revelación se ha dado en plenitud y de forma definitiva en Jesucristo. De hecho, la sabiduría
proclamada en el Antiguo Testamento miraba a esa plenitud de los tiempos, cuando Dios envió a
su Hijo (cf. Gal 4, 4). El texto de Efesios lo confirma, cuando ora para que los miembros de esa
comunidad (y en ellos, todos nosotros) reciban “el espíritu de sabiduría y revelación para
conocerlo”. Por la fe adquirimos la sabiduría que consiste en saber que Jesús es el Hijo de Dios,
y en sabernos destinados a participar por Él, con Él y en Él de esa misma condición. En Cristo se
revela el sentido de la historia, que ninguna sabiduría humana puede alcanzar por sí misma, porque
es la revelación del propósito con el que Dios creó el mundo, y que no es otro que comunicarnos
su vida, hacernos partícipes de su divinidad, hacernos hijos en el Hijo.
Pero, puesto que la cima de la creación es la dimensión personal, que incluye además de la
consciencia (la capacidad racional de conocer), la libertad (la capacidad de elegir, que incluye la
capacidad de aceptar, pero también de rechazar), esta elección por parte de Dios, que nos ha
destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos, no es una imposición, sino que requiere nuestra
acogida y aceptación.
Por este motivo, la liturgia nos propone meditar de nuevo el prólogo del Evangelio de Juan. Nos
invita a seguir contemplando el gran misterio de Dios creador por medio de su Palabra, de manera
que el acto de la creación no es sobre todo la obra de un artesano o un arquitecto, no es un
despliegue técnico, sino un acto expresivo de quien quiere comunicarse, revelarse, entablar un
diálogo y, en definitiva, darse.
El diálogo es cosa de, al menos, dos, es una “palabra a través”, un intercambio de palabras. Por
eso, aunque es Dios el primero en dirigirse a nosotros, “por pura iniciativa suya”, lo hace
respetando el espacio de nuestra libertad, que él mismo nos ha dado (y ahí ya ha empezado a darse).
Dios asume así el riesgo de un posible rechazo. En este rechazo consiste el pecado, que se resume
en que “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Pero Dios no por eso deja de dirigirse a
nosotros, no pierde la esperanza en la aceptación de esa oferta de íntima relación que nos hace
familiares de Dios, partícipes de la vida trinitaria: “a cuantos recibieron la Palabra les da el poder
de ser hijos de Dios, si creen en su nombre”, es decir, si se hacen depositarios del don de la
sabiduría.
La Palabra de Dios ha desplegado ante nosotros durante el tiempo de Navidad el gran misterio del
nacimiento del Hijo de Dios en la debilidad de la carne mortal. La insistencia en que leamos este
impresionante prólogo del Evangelio de Juan parece que quiere avisarnos de que tenemos que
hacer nuestra parte: la acogida en fe de esta sabiduría revelada en la humanidad de Cristo, y por la
que alcanzamos la dignidad inimaginable e inmerecida (pura gracia) de ser hijos de Dios, que es
el sentido de la creación del mundo, de la historia y de nuestra vida personal.