Todos sabemos lo que es la desilusión: es la frustración de nuestras expectativas, esperanzas y
nuestros mejores deseos. Puede darse en el campo profesional (cuando la realidad, la rutina o las
rivalidades empequeñecen las ilusiones con las que empezamos); en nuestras relaciones, cuando
los sueños iniciales (pensemos en los propios del enamoramiento) experimentan la inevitables
desilusiones de la vida cotidiana (y demos gracias si esos sueños no se convierten en pesadillas);
y también en la experiencia religiosa, cuando los ideales de una vida personal y comunitaria
fundada en los valores del evangelio y el amor mutuo chocan con la realidad pecadoras (a veces
hasta el escándalo) de los que formamos la Iglesia.
El cúmulo de desilusiones puede hacer blanco en la línea de flotación de nuestra esperanza y
conducirnos a un pesimismo sin horizontes: el mundo es malo sin remedio o, si no lo es del todo,
está hecho de tal manera que los malvados se salen con la suya, mientras que los justos padecen
injustamente. Hasta el salmista siente la tentación de entregarse a este pesimismo: “Por poco doy
un mal paso… porque envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados… Están sanos
y orondos, no pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás” (Sal 72, 2-5).
Ante este espectáculo, que tan vivamente sentimos a veces, la Palabra de Dios viene a abrirnos
los ojos y a activar nuestra esperanza. La palabra profética nos anuncia que, a pesar de las
aparentes evidencias, el mal no acabará triunfando, porque esta batalla la combate Dios, que es
capaz de hacer florecer un tronco seco, y de infundir su espíritu allí donde parece que todo está
perdido. Por medio de metáforas del mundo animal, Isaías habla de un mundo en el que los polos
de enemistad vivirán en paz y armonía, y lo que infunde temor dejará de ser una amenaza.
Ahora bien, podemos reaccionar con escepticismo a esta llamada a la esperanza, encogiendo los
hombros y diciendo, como Segismundo en “La vida es sueño”: “¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra una ficción, y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños,
sueños son” (II, 19).
Pero ya la semana pasada Pablo nos llamó a despertar del sueño, porque la salvación está cerca
(Rm 13, 11). Hoy nos informa sobre lo que significa este estado de vigilia. La palabra profética
(“las antiguas Escrituras”) son un bálsamo que consuela, pero también un alimento que nos ayuda
a ser pacientes y mantener la esperanza. Es verdad que en el mundo hay mucho mal, y pocas
perspectivas de un cambio radical, al menos a corto plazo, pero el consuelo y la paciencia que
Dios nos comunica por medio de los profetas nos ayudan a activar nuestra esperanza, a salir de
la pasividad y dar pasos concretos para que triunfe el bien. No podemos cambiar el mundo, pero
sí podemos hacer que algo cambien en nuestro pequeño mundo: podemos buscar el acuerdo, en
vez de fomentar la discordia; acogernos mutuamente, en vez de rechazarnos unos a otros; vivir
en espíritu de servicio, en vez de tratar de aprovecharnos de los demás. Podemos dejar a un lado
los malos espíritus de arrogancia, astucia y cerrazón, y dejarnos contagiar por el espíritu de
prudencia y sabiduría, de consejo y valentía, de ciencia y temor del Señor. Podemos, en definitiva,
abrir los ojos para el bien, que también existe en el mundo, y para el bien que nosotros mismos
podemos hacer. Se trata en la mayoría de los casos de dar pequeños pasos, de tener pequeños
detalles que no son tan difíciles: un pequeño gesto de amistad, una palabra amable, un leve
sacrificio, una mínima renuncia…, pasos que hacen la vida agradable, favorecen la armonía y
liman las aristas de nuestros conflictos. Aunque estemos inclinados al mal, a ser lobos para los
corderos, panteras para los cabritos y leones para los novillos (aunque a veces se cambien los
papeles, y estemos en la posición de víctimas), podemos invertir esa tendencia con un pequeño
(o no tan pequeño) esfuerzo para no devorarnos unos a otros, y vivir en amistad, armonía y paz.
El consuelo que nos dan la Escrituras consiste, entre otras cosas, en saber que en esta tarea el
Señor viene en nuestra ayuda con su gracia. La Palabra de Dios nos abre los ojos para ver que,
aunque el mal parezca vencer, en realidad Dios está actuando y no defrauda nuestra esperanza.
Pero actúa sin hacer ruido ni dar espectáculo, sino según la lógica de la encarnación: viene a
nosotros en la humildad de la carne, porque el triunfo del bien sobre el mal (que definitivamente
se darán solo en el otro mundo) se decide en esos pequeños detalles, que se nos piden también a
nosotros.
Y esto es lo decisivo del Adviento: la venida del Señor, el triunfo del bien, requiere de nuestra
cooperación. Y el primer paso es reconocer nuestros pecados (nuestra cooperación con el mal),
y dejarnos corregir por la palabra profética, que nos consuela, pero también nos exige, hoy por
medio de Juan. Nos habla con una dureza que puede herir nuestros oídos, pero lo hace así porque
no hay tiempo que perder. El Señor está cerca, y hay que reaccionar y prepararse.
Dejémonos corregir por la aspereza de Juan para que podamos sentir el consuelo de las Escrituras,
percibir los signos de la cercanía de Dios, y cooperar con nuestras buenas obras a la creación de
un mundo de justicia, de armonía, de paz y amor.