Auméntanos la fe. Homilía del padre José Mª Vegfs, C.M.F., para el domingo 27 del tiempo ordinario

El mal provoca irritación, impaciencia y, en el hombre religioso, puede generar la duda de si su oración es escuchada y si no será que Dios es indiferente ante ese mal contra el que implora. Así lo expresa con fuerza y dramatismo el profeta Habacuc. Dios responde apelando precisamente a esa fe que se tambalea: el justo vivirá por la fe. En medio de la injusticia el justo persevera en su justicia, confiando en que, pese a todas las apariencias, el bien, la salvación, el plan de Dios acabará triunfando. Precisamente esa fe que persevera en la justicia en un entorno de injusticia y violencia es parte del plan de Dios, del que somos constituidos cooperadores.

Esto lo confirma la palabra de Pablo a Timoteo. La justicia de la que hablamos, que es la nueva ley del Evangelio, se realiza en un mundo hostil, y requiere fortaleza y valor por parte del testigo, porque, como dice san Pablo, los trabajos del Evangelio son “duros”: no son un paseo triunfal, ni una excursión placentera, sino un verdadero servicio, cuyos frutos con frecuencia no se ven, por lo que se exige mucha paciencia, mucha confianza y, en definitiva, mucha fe.

¿Por qué los apóstoles le pidieron a Jesús que les aumentara la fe? Se ve que les surgían dudas, que, pese a la autoridad de Cristo, de la fuerza de su Palabra y la claridad de sus signos, que hablaban de la presencia real del Reino de Dios, ellos no lo tenían del todo claro, tal vez porque la predicación de Jesús no se acogía tan positivamente como esperaban, y además, al contrario,  el ambiente se iba volviendo cada vez más hostil, y esto les provocaba vacilaciones similares a las del profeta Habacuc.

Aunque creían en Jesús, esas dudas y vacilaciones les hacían sentir que su fe era débil, necesitada de crecimiento y confirmación.

Algo similar nos puede suceder a nosotros hoy. Creemos en Jesús, recitamos sin dudar el Credo, aceptamos que su palabra es Palabra de Dios, que está presente en la Eucaristía… Pero luego miramos al mundo, a la dirección en que se mueve, a la incesante lógica de la violencia, a la cada vez mayor animadversión contra la fe cristiana (contra los cristianos) y podemos sentir que esa fe nuestra no nos sostiene lo suficiente frente a estas dificultades, que por muy verdadera que sea no se abre paso en nuestro mundo, y, al revés, está en franco retroceso. Y esto nos hace vacilar, dudar, y dirigirnos a Cristo en busca de explicaciones sobre lo que está pasando, o, al menos, pidiéndole que nos aumente la fe.

Jesús, como de costumbre, no responde con fórmulas fáciles ni del todo claras, sino con palabras que nos hacen pensar. La alusión al grano de mostaza nos da a entender que no importa tanto la cantidad, cuanto la calidad de la fe. En otro lugar (cf. Mt 13, 31-33), Jesús usa la imagen del grano de mostaza, la más pequeña de las semillas, para suscitar la confianza de los discípulos, ante su desaliento por los humildes comienzos del Reino de Dios. Por pequeña que sea, si la semilla es buena, crece y da frutos, y más que otras plantas más aparentes.

Así que lo importante es la calidad de la fe, cuyo núcleo principal es la confianza en Dios, en cuyas manos está el destino del mundo y de la historia, a pesar de las apariencias en contra.

Esa confianza debe llevar a los discípulos a renunciar a pedirle cuentas a Dios, como hacemos con frecuencia, y a cumplir con humildad y espíritu de servicio la misión que él nos ha confiado, como cooperadores de su designio de salvación. Pero sabiendo que esa salvación no depende, en último término, de nosotros, sino de Él, que ha dispuesto salvarnos no por la vía del poder y la fuerza, sino por la del servicio y la entrega generosa de la propia vida, como el mismo Jesús ha hecho en la Cruz. De ahí Dios, con su poder (que es el poder del amor), ha sacado frutos de vida nueva, visibles en la Resurrección de Jesucristo, de la que nosotros estamos ya disfrutando en fe en esta vida, y de la que debemos dar un testimonio valiente y decidido, que anuncia su muerte y proclama su resurrección, preparando así su venida. De esa fe en la muerte y resurrección de Cristo, la fe en que de las situaciones de muerte brota vida nueva, si perseveramos en la justicia y el amor, es de la que vivimos, y la que nos hace justos, justificados por gracia.