Como señala la primera lectura, sólo Dios es digno de adoración y de acción de gracias. Sólo ante Dios, cuando el ser humano se postra y se pone de rodillas, no se humilla ni se rebaja, sino que, por el contrario, reconoce su propia dignidad. Porque el Dios ante el que se inclina es la fuente de su libertad, el que rompe sus cadenas y lo hace señor (a imagen del único Señor) de todos los otros bienes de la tierra. Y es que, aunque tenemos que reconocer que somos limitados, porque somos criaturas, que no nos hemos dado a nosotros mismos el ser ni la libertad, al hacerlo nos inclinamos ante el Dios del que viene todo bien, y nos afirmamos en nuestra dignidad de imágenes de Dios.
Sin embargo, este inclinarnos en adoración y acción de gracias, para ponernos en pie y actuar con dignidad y responsabilidad, no es cosa fácil. Porque, tal vez cegados por ese valor que Dios ha depositado en nosotros, sentimos la tentación de pensar que no le debemos nada a nadie, que no tenemos que inclinarnos ante nadie, y que podemos ser absolutamente dueños de todo, sin responsabilidad, sin límites.
Es curioso que la primera y más elemental tentación proceda de nuestra propia debilidad, de las necesidades ligadas a nuestra supervivencia. Es la concupiscencia que nos empuja a un uso indebido de las cosas, a la transgresión de su naturaleza. Desear que una piedra se convierta en pan indica una necesidad perentoria, que puede inclinarnos a apropiarnos de lo que no nos pertenece, o de usar prerrogativas que tenemos para un determinado fin (por ejemplo, para el servicio público), en beneficio propio. Jesús mismo siente esta tentación tan humana en un momento de necesidad extrema, cuando el hambre le apretaba críticamente. Y, de hecho, se puede pensar, ¿por qué no? “Si eres el Hijo de Dios” y tienes poder para ello, ¿por qué no usarlo también para sí? Al fin y al cabo, haciéndome un bien a mí mismo, no perjudico a nadie, y si voy a multiplicar los panes para alimentar a la multitud, ¿por qué no usar ese mismo poder para mí mismo?
Aunque es verdad que el obrero merece su salario (Lc 10, 7), y que no pondrás bozal al buey que trilla (1 Tim 5, 18), es fácil transgredir los límites de lo legítimo: las diversas formas de corrupción que se dan en la vida humana, las mordidas, las “comisiones”, los “aprovechateguis”, son otras tantas formas de pretender que las piedras (los cargos, las responsabilidades, el conocimiento, etc.) se conviertan en “pan para mí”, pero violentando la naturaleza de esas piedras, y dándonos un pan indigesto, que comemos a costa de nuestra propia dignidad (como se ve, cuando te pillan y sientes vergüenza). Siempre tenemos buenas razones para actuar así: no seremos hijos de Dios, pero siempre somos hijos de algo (“hijosdalgo”), encontramos razones y excusas para creer que tenemos derechos añadidos, para hacernos dueños de lo que no nos pertenece, violentando la naturaleza de las cosas. Cuando nos inclinamos ante el ídolo del tener, todo lo que tenemos nos parece poco, y nos hacemos esclavos de bienes, que, como el pan, nos llenan el estómago, pero pagando el precio de no alimentarnos con esos otros bienes más altos de los que, aparte del pan, el hombre también debe vivir.
Y es que, cediendo a la tentación, queriendo ser dueños del bien y del mal, acabamos haciéndonos, no dueños del bien, sino esclavos del mal, como se hace dramáticamente patente en la segunda tentación. No se trata aquí ya de remediar una necesidad que revela nuestra debilidad, sino de afirmarnos a nosotros mismos por encima de todo. Si la primera tentación es la concupiscencia, la segunda, es más radical: la soberbia, la tentación del poder sin límites. Pero el límite de todo poder es de nuevo la dignidad del ser humano, que él no se da a sí mismo. Y cuando uno se afirma por encima de esa dignidad (la propia y la de los otros), se rebaja hasta el extremo, porque inevitablemente se inclina ante el mal, ante el poder diabólico, que promete lo que no puede dar: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” (Mt 16, 26). El diablo siempre promete para después quitar. Jesús, rechazando la tentación, elige otro camino para conquistar el mundo entero para Dios: no inclinarse ante el diablo, sino extender sus brazos en la cruz, porque Él no ha venido a quitar, sino a dar, a darse del todo.
La tercera tentación es la más sutil. Es por ello más fácil caer en ella que en la segunda, porque no supone un rechazo directo de Dios (y de los valores que lo representan, como la verdad y la justicia), ni se alía con el diablo, sino que pretende en apariencia aliarse con Dios. Es, pues, una tentación que (nos) afecta muy de cerca a las personas religiosas: no servir al diablo, sino que Dios nos sirva. Se trata de manipular a Dios (las razones y las motivaciones religiosas) al servicio de nuestros intereses; de actuar en su nombre, pero en beneficio propio. Es la religión del “do ut des” (doy para que me des), la religión como negocio, como seguro de vida, como garantía de éxito. Es la tentación diabólica de tentar a Dios.
Jesús, como hombre, siente todas estas tentaciones, y no una vez, sino a lo largo de toda su vida, como deja caer Lucas: “el demonio se marchó hasta otra ocasión”. Pero las vence. Y ¿nosotros? Porque nosotros no somos el Hijo de Dios. Pero porque el Hijo de Dios se ha hecho igual a nosotros en todo (menos en el pecado), en Él podemos vencerlas también nosotros. Él es la Palabra que está cerca de nosotros, en los labios (cuando confesamos la fe) y en el corazón (cuando creemos con una fe viva). Tenemos que aprender a alimentarnos cotidianamente de esa Palabra, proclamada por la Iglesia, y que se nos da como pan en la Eucaristía, para que, así, inclinándonos sólo ante Dios, seamos capaces de vencer la tentación y vivir de acuerdo con nuestra dignidad de imágenes e hijos de Dios.